¿En qué momento la humillación entre mujeres se convirtió en entretenimiento?

Johnny
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La violencia digital, los aplausos y los valores que estamos dejando a las nuevas generaciones

Una mirada a las redes sociales dominicanas resulta suficiente para advertir un espectáculo preocupante: mujeres influyentes enfrentadas públicamente con otras mujeres. Las discusiones pocas veces se concentran en ideas, proyectos o aportes. El cuerpo, la edad, las relaciones de pareja y la vida sexual se convierten en las armas preferidas.

Quién está “más buena”, quién está “más dura”, quién tiene al “mejor macho” o quién luce más vieja parecen haberse transformado en criterios para establecer el valor de una mujer. Cada ataque recibe respuestas, cada respuesta produce nuevos videos y cada video alimenta un algoritmo que convierte la humillación en rentabilidad.

Como mujer, me inquieta pensar en el mensaje que reciben las nuevas generaciones. Muchas adolescentes observan que para ser visibles deben exhibirse, competir o destruir públicamente a otra mujer. Aprenden que la belleza otorga poder, que envejecer representa una derrota y que tener una pareja socialmente deseada funciona como certificado de éxito.

No cuestiono la libertad de ninguna mujer para mostrar su cuerpo, expresarse o construir su identidad como prefiera. El problema no es el cuerpo femenino ni su exposición. El problema surge cuando ese cuerpo se convierte en medida de superioridad y en territorio desde el cual se degrada a las demás.

Tampoco debemos afirmar que la violencia es una condición propia de las mujeres. Durante siglos hemos sido educadas para competir por reconocimiento, belleza y aprobación masculina. Las plataformas digitales no inventaron esa rivalidad, pero aprendieron a explotarla. La confrontación genera comentarios, los comentarios producen alcance y el alcance se transforma en dinero.

El público también participa. Mientras una mujer insulta y otra responde, miles de personas eligen bandos, celebran la frase más hiriente y piden una nueva entrega. Decimos que el contenido es vergonzoso, pero lo compartimos, lo comentamos y regresamos para conocer el próximo ataque. Nos escandaliza aquello que ayudamos a convertir en tendencia.

La UNESCO ha advertido que la violencia digital afecta cada vez más a mujeres y niñas y comienza a edades tempranas. Sin embargo, seguimos tratando estas agresiones como simples estrategias de entretenimiento, como si la pantalla eliminara sus consecuencias emocionales y sociales.

¿Qué clase de respeto se obtiene mediante la capacidad de humillar? Puede ganarse atención, seguidores e incluso temor, pero resulta difícil llamar respeto a una popularidad construida sobre la destrucción de otra persona.

También sería injusto reducir la presencia femenina en las redes a este espectáculo. Existen creadoras que educan, emprenden, denuncian injusticias y abren caminos. El problema es que sus aportes suelen producir menos ruido que una pelea.

Esto debería llevarnos a una pregunta más profunda: ¿qué valores estamos ayudando a consolidar? Si premiamos la crueldad, la apariencia y la rivalidad, no podemos sorprendernos cuando las adolescentes reproduzcan esos códigos.

No basta con pedirles responsabilidad a las influenciadoras. Como público, también debemos decidir qué seguimos, qué compartimos y qué aplaudimos. El algoritmo recomienda, pero somos nosotros quienes lo alimentamos.

Por Ebony Lafontaine

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